Pasada una semana desde la celebración de las Elecciones Europeas (y recién conocida la noticia de la abdicación del rey), lo que parece claro es que los próximos años van a ser de los más entretenidos en Europa (y de paso en nuestro país). Aunque haya gente que pase de la política y de los políticos, lo cierto es que las decisiones que se toman en el Parlamento Europeo y en la Comisión tienen una consecuencia directa en la vida de todos nosotros. Y la entrada de un buen número de partidos cuyo principal objetivo es dinamitar el "proceso europeo" no me resulta una realidad de lo más alentadora.
Pensaba el otro día en la ascensión en media Europa (en países ricos, donde los ciudadanos disfrutan de importantes prestaciones y de un nivel de vida que ya quisiéramos en estos momentos griegos o españoles) de partidos de ultraderecha, que no esconden su racismo ni xenofobia ni su enfado por todas esas decisiones que toma Bruselas y que se basan en la solidaridad supranacional. Lo primero que viene es la crítica feroz a sus votantes, la consideración de que son personas insolidarias, racistas y una especie de bruja mala del cuento, gente que deposita su confianza en Marine Le Pen, Nigel Farage, Geer Wilders o la Liga Norte. La realidad es siempre más compleja y tal vez habría que pararse a pensar por qué personas que antes confiaban en el gobierno comunitario ahora abogan por dejar la UE o, al menos, restituir las fronteras internas y recuperar competencias nacionales.
En España la crisis (o la gestión que han hecho de ellas nuestros políticos) nos ha quitado el poco estado del bienestar del que gozábamos, acostumbrándonos a un panorama desolador en el que miles de ciudadanos confian más en Cáritas, Mensajeros por la Paz o Educo.org que en los servicios sociales oficiales. Quizás no hemos asistido a un estallido social ni los comportamientos racistas se han elevado a cuotas insoportables, pero si en privado preguntáramos a muchos españoles quién tiene más derecho a acceder a los servicios sociales o a un trabajo, si un nacional o un inmigrante, la mayoría respondería que el Estado tiene que preocuparse primero de las necesidades de sus ciudadanos. No hay más que ver que la decisión de dejar a los inmigrantes indocumentados sin asistencia sanitaria no ha generado escándalo social, solo ha inquietado a una pequeña parte de la población y al personal sanitario, que ha alertado del riesgo de un rebrote de enfermedades ya erradicadas como la tuberculosis o la malaria.
Viéndolo desde este punto de vista, ni nosotros somos tan buenos ni los holandeses, ingleses, daneses, griegos o franceses que han votado a partidos xenófobos son, probablemente, tan malos. Aquí es muy común escuchar que las ayudas siempre van a los de fuera, mientras que los españoles se quedan sin becas comedor, ayudas al estudio u otras ayudas sociales. Yo no voy a entrar en si es cierto o no porque a ciencia cierta lo desconozco, pero este pensamiento es el que ha calado en otros países, que se han visto desbordados por la llegada de inmigrantes europeos y extracomunitarios que huían de la crisis. Probablemente si fuera británica, sueca o danesa me preocuparía mucho que miles de extranjeros llegaran a mi país con la esperanza de aprovecharse desde el primer día de prestaciones sociales que a mí me cuestan miles de euros en forma de impuestos. Y no pensaría que soy una racista o una radical, si no una ciudadana preocupada por el futuro de sus hijos, por las pensiones de sus padres y por el mantenimiento de un estado del bienestar que ha costado décadas conseguir.
El pasado viernes se estrenó la película "Maléfica", que cuenta la historia de la Bella Durmiente desde el punto de vista de la malvada y explica por qué un hada buena que vivía en un paraje idílico se convirtió en un ser terrible cuyo único objetivo era la venganza. Me parece muy interesante conocer una historia clásica desde otro punto de vista y desmitificar a los personajes: ni los buenos son tan inocentes, ni los malos son tan malos...o al menos no lo son sin motivo. Lo mismo diría del resultado de las elecciones europeas, ni los presuntos defensores de Europa son tan santos ni los partidos que no creen en la UE son tan absolutamente malvados. Sus razones tienen y cambiar esa percepción que tienen millones de votantes de que los eurodiputados viven ajenos a la realidad en su búrbuja de 8000 euros al mes es la tarea que espera a las instituciones europeas en los próximos 5 años.
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