Mientras escribo esto aún estoy intentando recuperarme de la mezcla entre indignación, vergüenza ajena y sensación de estar asistiendo a un mal sainete que me ha dejado la rueda de prensa que el viernes ofreció el Gobierno de la CAM. Prometo ir a ello más adelante, pero ahora quería dedicar mis primeras líneas a una cifra que este curso se presenta como una pesadilla para miles de padres madrileños: 37,3º
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Para los pocos que aún no intuyan de que hablo, esa es la cifra que la Comunidad de Madrid (en otras regiones es diferente) ha determinado como fiebre, y la que los colegios están tomando como referencia para no permitir que un alumno acceda a las instalaciones por posible sospecha de COVID-19. Y ya no es solo el estrés matutino de tomarle la temperatura al niño, yo misma descubrí una semana después de empezar las clases que no hay nada como la emoción de recibir un comunicado (ni llamada ni leches) del cole anunciando un positivo en la clase de tu retoño. Ahí empieza el surrealismo, el agobio de padres que no saben si tienen que hacerle la PCR a su hijo asintomático (según Ayuso se haría a todos los niños; la realidad es que nadie te llama, los Centros de Salud están saturados y sin síntomas el pediatra no la autoriza), los quebraderos de cabeza de quien no puede teletrabajar ni pasarse el curso pidiendo bajas/días sin sueldo para reciclarse en profesor en confinamiento y las consecuencias educativas y psicológicas de tener a un crío más de 6 meses sin ir a la escuela.
Y en este contexto de incertidumbre académica (a día 20 el colegio aún no sabe si tendrá jornada intensiva o continua en octubre), donde muchos nos preguntamos dónde están los 11.000 profesores cuya contratación anunció el gobierno regional a finales de agosto (¡olé a la capacidad de previsión de Gobierno y comunidades!), hace varios días llegó el anuncio estrella de mi "admirada" Díaz Ayuso. No hablaba de reforzar la atención primaria -cuya precaria situación llevan denunciando los profesionales desde hace meses-, ni de contratar más rastreadores o médicos para los hospitales, tampoco de los profesores prometidos o de tomar medidas para mejorar la frecuencia del Metro, ya que eso implicaría gobernar y emplear el dinero de todos en reforzar lo público -y esa palabra a su gobierno le produce sarpullido-; se enredaba en una surrealista comparecencia para culpar de todo a Barajas y explicar que a una serie de áreas sanitarias -¿casualidad, abandono institucional o directamente aporofobia que el 90% de ellas estén en distritos y municipios del sur de la región?- se les reduce la movilidad, el aforo en los comercios y demás medidas que por más que analizo no consigo trasladar al día a día.
Como seguro que hicieron casi todos los habitantes de esas zonas que una individua -representante de un partido clave para que mi presidenta favorita apruebe los presupuestos- definió como "estercoleros multiculturales", mientras escuchaba a los Consejeros fui a internet a comprobar si mi calle se encontraba en "zona confinada" o no. Para mi sorpresa, alivio o descojone descubrí que pertenezco a la "zona libre de restricciones", pero necesito un justificante para cruzar a la calle de al lado y poder llevar a mi hija al colegio. Llevo el fin de semana riéndome con mi familia porque ahora si quiero ver a mis padres o a mi hermana tenemos que colocar una silla en el límite entre sus "zonas de exclusión" y mi "zona libre de virus". Ellos no pueden ir al bar de mi calle, ni yo a la churrería con aforo del 50% de la suya (a no ser que los churros entren dentro de la fuerza mayor), pero sí podemos meternos en un vagón atestado para ir a trabajar o morirnos del asco para que nos cojan el teléfono en el centro de salud (que tanto en sus zonas como en la mía no da abasto).
Siempre he creído profundamente en la responsabilidad individual, en que tienes que respetar las normas, protegerte para proteger a los demás y no esperar a que sea un tercero quien venga a solucionarlo todo, pero lo que veo en los últimos meses por parte de nuestros políticos es tan preocupante, tan poco profesional y tan sectario que a su lado el esperpento que relató Valle Inclán en "Luces de Bohemia" se queda en comedia ligera. Yo estoy dispuesta a confinarme, a no salir de casa más que para lo imprescindible o a llevar 7 mascarillas aunque me provoquen migrañas y desmayos, y como yo creo que hay mucha gente, pero ¿sirve de algo provocar el caos entre 850.000 personas, situaciones que generan no solo malestar sino ruina económica y diferencias entre el comerciante de una calle y la de enfrente, además de sentimientos de "tú eres un apestado por vivir en un barrio obrero" y el otro es ciudadano de primera? ¿Sirve para algo todo esto si no se va a la raíz del problema, si los distintos gobiernos y partidos no se unen para combatir una pandemia que amenaza con provocar una crisis económica que ríete tú de la de 2008?

Imagen del Metro de Madrid. actualidad.es
Ni van a leer esto ni me van a hacer caso, pero como ciudadana que a día de hoy siente una profunda vergüenza (y tristeza) por no saber cómo explicarle a mi familia italiana por qué en España estamos peor que hace seis meses, y esto no tiene visos de mejorar, les pediría a los políticos -de izquierda, derecha, del gobierno central o regional- que nos ahorren sus ocurrencias, sus insultos a los inmigrantes, a la clase trabajadora y al que pasaba por allí, y que se pongan a trabajar. Y que si quieren competir por pasar a la Historia, que no sea por ser la presidenta más bocazas e inepta, el presidente "colega" de proetarras o el líder de la oposición más obtuso y con menos visión de Estado, compitan por favor por hacerlo bien, por llegar a acuerdos para dotar a los hospitales de médicos, por contratar rastreadores, por no someter a una presión brutal a unos para que abran las puertas al turismo sin PCR y luego protesten porque los aeropuertos son un coladero del virus (aunque con el número de turistas que ha llegado este verano tengo mis serias dudas sobre esto) o pónganse de acuerdo para que haya PGE y Europa empiece a enviar dinero para la reconstrucción
Y si no saben hacerlo (o no quieren), entonces abandonen sus escaños y déjennos en paz. Todos sabemos que no van a tener problemas para reinventarse en el mundo laboral, o bien porque son ustedes profesores, abogados o periodistas, o bien porque tienen acceso a "puertas giratorias" vetadas para el resto de los mortales. Decídanse ya por favor, antes de llevarnos a todos a la ruina y provocar que la próxima vez que la gente salga a la calle con cacerolas (palos de golf en el extrarradio no sé si hay muchos) no sea para reclamar su derecho a ir al Club de Campo o a comprarse un vestido de Chanel, sino para plantarse delante de sus residencias oficiales a tirarles la vajilla, la olla expréss o la cubertería a la cabeza.
P.D: En cuanto acabe estas líneas voy a ir a medirme la fiebre, no vaya a ser que salir a la terraza a tender sin mascarilla en los límites de una zona "confinada" me haya hecho enfermar.

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