En el hipotético caso de que me condenaran a pasar el resto de mis días en una isla desierta y solo me permitieran llevarme una cosa conmigo (y obviamente esa "cosa" no pudiera ser alguno de mis seres queridos), elegiría casi sin dudar un libro.
Lo pensé hace unos meses, tras escuchar en una reunión del colegio cómo una mamá explicaba que su hijo no podía colaborar con el sistema de préstamo de libros porque el niño solo tiene algunos de cuando era un bebé. La profesora aprovechó la ocasión para sugerirle que le pidiera a los Reyes algún libro, en vez de solo juguetes, pero desconozco si la sugerencia cayó o no en saco roto. En ese momento me vino la imagen de mi adorada estantería, esa en la que habrá unas 400 obras de todo tipo, desde clásicos como Cervantes, García Márquez o Emily Brönte, hasta grandes autores teatrales y novelas súperventas como "La trilogía de Baztán" o "La desaparición de Stephanie Mailer". Y también pensé en la inmensa colección de libros de mi hija, algunos heredados de mi infancia y otros muchos adquiridos desde que tenía pocos meses. En mi caso no es solo que personalmente adore leer, es que he conseguido que a ella los libros le parezcan tan interesantes que el peor castigo posible es mandarla a la cama sin cuento. Y reconozco que en esas contadísimas ocasiones ambas lo hemos pasado fatal, porque a mí esos minutos juntas con una historia entre las manos, respondiendo a cuestiones que nunca me había planteado sobre Pinocho o la orfandad de Blancanieves, me parecen un absoluto regalo.![]() |
| Quema de libros por los nazis en 1933 |
Habrá quien considere que con la cantidad de temas "importantes" sobre los que se puede escribir, voy yo y elijo algo tan aparentemente banal como la lectura. Pero precisamente a mí me parece que, ahora más que nunca, cuando el viento de un pasado que parecía felizmente superado regresa y amenaza con sumir a la democrática Europa en las cavernas de la peor ignorancia, y cuando algunos andan más preocupados por censurar todo lo que huele a igualdad y respeto en las aulas que por exigir consenso para un Pacto de Estado por la Educación, es necesario reivindicar la importancia de los libros y del pensamiento crítico. Y evitar que se vuelvan a repetir aberraciones como la cometida por los nazis en mayo de 1933, cuando quemaron públicamente miles de ejemplares de autores que consideraban "contrarios al espíritu alemán". Cualquiera que conozca un poco de historia sabrá que ese fue el preámbulo de lo que vino después: quema del Reichstag (el Parlamento alemán), persecución de los judíos, II Guerra Mundial, campos de exterminio....
En resumidas cuentas, no puedo obligar a nadie a leer o a contrastar la información con la que nos bombardean cada día en la televisión, las redes sociales, etc, pero si estuviera en mi mano le daría la posibilidad de ir a la escuela a todos esos millones de personas que no la han tenido ni la tendrán nunca (especialmente a esas crías a las que se les prohíbe ir al colegio porque resultan más "rentables" como niñas-esposas o esclavas sexuales). Se la daría porque esto convencida de que la educación es un arma poderosísima contra muchos males que nos azotan: la xenofobia, el fanatismo religioso, el negacionismo frente a la destrucción de la naturaleza o la violencia de género... Y precisamente porque es un arma poderosa, algunos están muy interesados en acabar con ella.
Como dije al principio, si me condenaran a una isla desierta me llevaría un libro, tal vez porque me parece muy cierto lo que escribió una vez Mark Twain: "Una persona que no lee no tiene ninguna ventaja sobre una que no sabe leer".
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