Una conocida marca de refrescos dedica su particular anuncio de este verano a los animadores, esa clase de trabajadores que se esfuerzan a base de múltiples actividades para que quienes pueden permitirse unos días de asueto en un hotel, un crucero o cualquier otro lugar más o menos paradisíaco o concurridísimo, no experimenten ni por un segundo el tan temido aburrimiento. Y así, entre clases de aquagym, zumba, submarinismo, pilates, minidisco, búsqueda del tesoro y veladas enfocadas a la temática más variada, el cliente acaba con la sensación de que, al volver a casa, va a tener que pedir otra semana de vacaciones para descansar física y mentalmente de la paliza que se ha metido.
Yo reconozco que soy de esas personas que disfruta participando en cientos de actividades (aunque no cambio un buen chapuzón en el mar por quedarme en la piscina del hotel de turno bailando merengue), pero no me pesa volver a casa "cansada". Es más, adoro esas vacaciones en las que no faltan los madrugones para participar en alguna excursión o visita cultural.
Pero volviendo a los animadores, tengo que decir que me fijo especialmente en su trabajo y en su capacidad para aparentar estar siempre con las pilas cargadas porque sé el esfuerzo que hay detrás. Conozco lo que significan las interminables jornadas laborales de un animador, el cansancio de tener que ensayar la actuación de la noche siguiente a las 2 de la madrugada, lo que implica tener que improvisar cuando el equipo de sonido falla o careces del más mínimo atrezzo, las dificultades de estar 24 horas con la sonrisa puesta cuando tu jefe de animación es un auténtico tirano (aunque un animador de primera categoría que se llevaba a los clientes de calle)...todo eso me lo sé. Sin embargo, años después de aquel verano en el que no tuve mejor idea que prolongar mi Erasmus en Italia buscándome un trabajo que me permitiera relacionarme con gente con el fin de "migliorare il mio italiano" y estar -a ser posible- cerca del mar, más que de los aspectos menos positivos de la experiencia, me quedo con lo que supuso para mi vida posterior (esto se merecería un capítulo aparte) y, sobre todo, con el cariño de los niños que participaron en las actividades del "Miniclub" que yo, la única española del staff de animación y (prácticamente) de aquel hotel de Abruzzo, dirigí.
Gracias a ellos descubrí, años antes de ser madre y cuando la idea ni me rondaba por la cabeza, que lo que más anhelan los críos, muy por encima de regalos y cosas materiales, es el amor y la atención de sus padres. Recuerdo a niños que participaban en todas las actividades infantiles con una energía contagiosa, que se acercaban a abrazarme en el comedor y cuyos padres (igualmente encantadores) me decían que si yo volvía el año siguiente, su hijo también quería volver al hotel para estar conmigo. Con una de esas niñas, Serena, crucé postales durante un par de años. Pero, igual que conocí a niños felices, también me relacioné con otros a los que sus padres "aparcaban" en la piscina con las animadoras para tener tiempo libre. Algunos nos convirtieron en una especie de "madre", y no querían separarse de nosotras ni al acabar la velada; otros, que iban al "miniclub" como si les llevarán a la guerra, se dedicaban a boicotear las actividades. Aprendí que los más pequeños son un público muy complicado, porque si te los sabes ganar te siguen donde haga falta, pero si no "les entras" o no les gusta alguna propuesta, no van a tener reparos en decirte a la cara "me voy a la tumbona, que eres un rollo". Y también hice un curso práctico sobre cómo hacerse respetar (por mayores y pequeños) sin necesidad de perder jamás la sonrisa ni la compostura.
No voy a ser tan pretenciosa de decir que los Animadores se merecen un homenaje, ya que habrá quien me diga que qué pasa entonces con camareros, personal de limpieza y tantos otros profesionales que trabajan mientras los demás se divierten (o nos divertimos), pero de mi breve experiencia animando sí que saqué la conclusión de que, mientras al camarero se le ve como un profesional, muchas personas tratan a la gente de animación con un absoluto desdén, como si el hecho de organizar veladas musicales, juegos en la piscina o encargarse de entretener a los más pequeños te convirtiera en un ser inferior o en una especie de babysitter de la que puedes echar mano cuando el niño te molesta. No sé si se merecen un homenaje, pero lo que defiendo y defenderé siempre es el respeto al trabajo ajeno, se trate de la señora que te cambia las sábanas, el jardinero, el camarero que te prepara un cocktail especial o "el/la payas@" (dicho con orgullo) que, en turnos interminables, se deja la piel cada día para que esa clase de zumba o salsa, esa velada dedicada a los años 70 o al circo, esa gymkana familiar o esa minidisco sean una experiencia inolvidable para los clientes, grandes o pequeños.
En definitiva, de aquel verano lavorando con i bambini, subiéndome cada noche al escenario con mis compañeros para interpretar distintos sketchs y relacionándome con gente 7 días a la semana durante unas 15 horas diarias saqué en claro que las personas no cambiamos tanto en vacaciones. Algunos es cierto que se relajan, pero el que lleva la mala educación de serie sigue haciendo gala de ella en la tumbona, mientras que la gente empática y agradable se porta igual de bien con el chef o el jefe de animación que con "el chico de los recados". Esta última es la gente que a mí me gusta y la que hizo que aquel estío tuviera momentos tan buenos; el tipo de persona que siempre han sido mis padres y que yo aspiro a ser.
Emulando al anuncio del que hablaba al principio, yo le haría un homenaje no solo a esos animadores que consiguen que movamos unas cinturas a veces oxidadas o que se nos desencaje la mandíbula de risa, homenajearía a todas las personas que, con su buen hacer o su actitud vital, hacen que los que tenemos la suerte de estar cerca de ellas (de forma puntual o prolongada) nos sintamos un poco más animados.


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