
La vida no siempre da lo que uno merece (o cree merecer). Hay momentos en los que se pone la cara para que te hagan una caricia y, en vez de eso, se recibe un bofetón de esos que te dejan un buen rato sin saber dónde estás ni qué narices ha pasado. Lo "positivo" del asunto es que de ese tipo de situaciones uno sale más fuerte y teniendo bastante claro quién está de tu parte y a quien le importas un carajo.
Pensaba el otro día en ello y me dio por relacionarlo con la triste y solitaria despedida que ha tenido Iker Casillas en el Real Madrid. Dicen que el deporte nacional es la envidia, a lo que yo añadiría que también somos un país de desmemoriados que valora poco el (buen) producto nacional. Me da rabia que a cualquier idiota le extendamos la alfombra roja solo por ser extranjero, mientras que todo lo español nos parece poco cool y digno de orgullo.
5 años después, un ídolo para miles de personas y uno de los pocos futbolistas que se ha mantenido fiel a su club y que siempre se ha puesto como ejemplo de los mejores valores del deporte, se marcha por la puerta de atrás. Y no solo eso, es que a algunos les hubiera gustado hasta apedrearle no se sabe bien por qué.
Por desgracia, no es el único ejemplo de lo poco que valoramos lo nuestro, del trato muchas veces despectivo que dispensamos a españoles cuya trayectoria profesional ha trascendido fronteras y ha hecho que fuera sepan dónde se sitúa España. A Pedro Almódovar (que "solo" ha ganado dos Oscar, varios Bafta, Cesar y Goyas) le adoran en Francia y Estados Unidos (donde ostenta el título de Caballero de la Orden de la Legión de Honor Francesa y fue investido doctor Honoris Causa por la Universidad de Harvard), mientras que en nuestro país cuenta con una legión inmensa de detractores no tanto por sus películas, sino por sus opiniones políticas o su condición sexual. Otro tanto pasa con Antonio Banderas, al que muchos prefieren tachar de mal actor a reconocer que se marchó a principios de los 90 a Hollywood sin hablar ni papa de inglés y se ha labrado una estupenda carrera; con Javier Bardem o Penélope Cruz, ganadores de sendos Oscar y con una brillante trayectoria tanto en España como en Estados Unidos, al que cierta prensa no soporta porque se niegan a dar detalles sobre su vida privada...
Ellos son solo algunos de los españoles que, en muchas ocasiones, han cosechado más simpatías fuera que dentro de su propio país. Debe ser que aquí somos tan zafios en ocasiones que preferimos elevar a los altares a personajillos sin oficio ni beneficio, carne de esos "reality-show" que (inexplicablemente para mí) cosechan año tras año elevados índices de audiencia. Mientras, empujamos a gente de gran valía (famosa o anónima) a buscarse fuera las habichuelas, no vaya a ser que valorar lo nuestro nos cueste algún reproche de soberbíos o creídos. En eso admiro a los franceses, como lo suyo no hay nada, aunque sea una bazofia.
Y, por desgracia, la falta de autoestima patria no solo se traduce en que seamos incapaces de valorar que contamos con algunos de los mejores cocineros, deportistas, médicos e investigadores o artistas del mundo, sino que nuestros propios políticos no son capaces de convencer a nadie en la escena internacional de que merecemos mayor protagonismo porque sabemos hacer muchas cosas bien. Y si no que se lo pregunten al gobierno español, que acaba de ver como De Guindos perdía la votación para convertirse en el próximo Presidente del Eurogrupo.
No es cuestión de no reconocer el mérito del contrario o de lo que viene de fuera, sino simplemente de tener claro que aquí, muchas veces, tenemos lo mismo o algo incluso mejor. ¡Si ellos tienen a Federer, nosotros podemos decir bien alto que tenemos a Nadal!
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