miércoles, 13 de agosto de 2014

HISTORIAS DE LA TELEVISIÓN

El otro día estaba haciendo zapping y me dio por pensar que si el nivel cultural de un país se mide por la calidad de su televisión y por el de sus políticos, entonces creo que en España andamos algo escasos de conocimientos, o a lo mejor es solo una visión distorsionada de la realidad. 

Como decía, me dio por poner un programa que se llama "Cazamariposas", en Telecinco, y cuando llevaba diez minutos contemplando cómo veranean determinados personajes sin oficio ni beneficio, o cómo un presunto cómite de sabios ponía a parir el estilismo de famosas de todo pelaje, dije basta y cambié de canal. Debe ser que habré madurado o me habré vuelto una escéptica, pero me importan un bledo las aventuras y desventuras de gente que no conozco de nada y que, en su mayoría, se hace popular por vender al mejor postor su intimidad. También comprendo que soy una rara avis, puesto que si muchos pensaran como yo "Sálvame" no llevaría 5 años con audiencias millonarias ni cada edición de alguno de los realities de Mediaset sería un acontecimiento que se convierte en trending topic en Twitter.

Pero mi intención, lejos de pretender que la mayoría cambie sus gustos televisivos, es más bien la de reflexionar sobre lo mucho que nos cuesta asumir nuestra responsabilidad (a unos más que a otros) y cómo tendemos a echarle la culpa al apuntador de nuestras decisiones. Hace unos día leía unas declaraciones de Jiménez Losantos en las que confesaba que "Sálvame" era su vicio oculto. Y llegué a la conclusión de que, mientras de cara a la galería los españoles se decantan por los documentales de La 2 o el cine español, la realidad que pocos confiesan es que se pirran por conocer el siguiente capítulo en la vida de la Pantoja o la familia Mohedano o que compran determinadas publicaciones para descubrir si las famosas tienen celulitis o arrugas. De una forma u otra la mayoría somos cómplices de que exista eso llamado telebasura, o de que se paguen cantidades millonarias a petardos/as dispuestos a inventarse lo que sea con tal de pasearse por todo plató que esté abierto a darles cobijo.

Lo más grave no es dar audiencia a un tipo de televisión que al fin y al cabo ´"no hace daño a nadie" - excepto a los miles de periodistas que no tienen trabajo porque las cadenas prefieren apostar por individuos que tienen algo (morboso) que contar-, lo peor es cuando la complicidad llega a otros terrenos, como la política, y nos encontramos con que los partidos políticos niegan cualquier responsabilidad en casos de corrupción que se han prolongado decenios. ¿Alguien se cree de verdad que en CDC desconocieran las andanzas del señor Pujol durante 23 años? ¿O que en la Junta de Andalucia o el PSOE andaluz no supieran lo que se estaba haciendo con las ayudas a la formación o los ERE?

Creo que igual que las cabezas pensantes de los programas del corazón (o las vísceras, más bien) se piensan que todos los telespectadores somos unos imbéciles dispuestos a pasar horas contemplando cómo sufren los famosillos, los políticos se creen que todos los ciudadanos somos unos lerdos abiertos a tragar con todas sus mentiras. Y encima querrán que nos de pena la persecución mediática a la que ven sometidas algunas "honorables" familias que han controlado a su antojo personas y territorios durante años. O se sorprenderán de la ascensión de partidos como Podemos. 

Yo he llegado a la conclusión de que es algo parecido al masoquismo sentarse delante de la tele a ver la maravillosa casa en la playa de Fulano, las super vacaciones de Mengano o el cuerpazo que tiene esa top-model que se ha liado con el futbolista de moda, así que he descubierto el placer de no seguir determinados programas y entregarme a otros hobbies. De igual manera, he empezado a dejar de leer todas esas declaraciones en las que los políticos miran para otro lado, aunque hasta ellos mismos se dan cuenta de que tienen una paja gigante en su ojo. Lo hago por mi bien, no vaya a ser que tanta ficción y mentira me pasen factura. Y cada cual que haga lo que considere oportuno, no vayan a decir que se coarta la libertad individual y se queden sin saber el capítulo final en el culebrón televisivo del verano.

 

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