lunes, 24 de febrero de 2014

LA CINTA BLANCA

Ahora que se acercan los Oscar y el mundo -no sé si como consecuencia de la crisis o porque a los seres humanos nos falta un tornillo- anda especialmente revuelto, el otro día me dio por pensar en una de esas películas que, utilizando un argumento aparentemente sencillo, tratan de explicar las consecuencias de determinadas ideas represoras y fundamentalismos que, lejos de ser cosa del pasado, parecen estar resurgiendo con fuerza en la Vieja Europa. Se trata de "La cinta blanca", dirigida por Michael Haneke, una película alemana que no sé si habrá visto nuestro ministro de Cultura (para el que la calidad de una película va directamente unida a su recaudación en taquilla), pero que sin ser una revientataquillas ganó la Palma de Oro en Cannes, varios Premios del Cine Europeo y un Globo de Oro... Una reflexión en blanco y negro sobre cómo educar en la represión y las ideas absolutas pudo ser el germen del nazismo y las dos guerras mundiales que desangraron a nuestro continente. 

La verdad es que este título me vino a la cabeza tras leer en el periódico varias entrevistas con líderes eurófobos de Holanda y Reino Unido y después de escuchar las declaraciones de algunos políticos y personas contrarias al aborto y firmes defensoras de la nueva reforma que pretende sacar adelante el ministro Ruiz-Gallardón. Habrá quien piense que mezclo churras con merinas, pero me puse a reflexionar sobre lo oído y llegué a la conclusión de que detrás de esas opiniones no se escondía otra cosa que una visión del mundo absoluta y que no deja lugar a la reflexión ni a la discusión. Yo puedo entender (aunque no lo comparta necesariamente) que alguien esté en contra de la interrupción de un embarazo por motivos éticos, morales, de conciencia, o que crean que la mejor manera de que un país prospere sea votando a partidos racistas que dinamiten la UE desde sus propias instituciones, ya que es probable que estos ciudadanos hayan dejado de creer en los partidos que actualmente nos gobiernan (o desgobiernan). Pero lo que no entiendo es el integrismo con el que defienden sus ideas ni que para convencer utilicen argumentos sin fundamento, la más vil manipulación o, como ocurre con algunos partidos de extrema derecha, las amenazas o la violencia.

José Ortega y Gasset escribió "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo", y a mí me parece una buena manera de expresar que en la vida no solo estamos condicionados por nosotros mismos, sino por lo que nos rodea o nos ocurre en un determinado momento. Creo que sería algo sobre lo que deberían reflexionar determinados políticos y supuestos "defensores de la vida", ahora que han decidido desempolvar el tema del aborto para distraer a la gente de las penurías económicas. Reitero mi respeto a quien considera que un cigoto o un embrión es un ser humano con todos los derechos, pero no entiendo la cerrazón con la que pretenden que todos comulguemos con ese pensamiento. Como tampoco entiendo la beligerancia contra el matrimonio homosexual. Por suerte, a ninguna mujer embarazada la obligan a abortar y a nadie le ponen un puñal en el pecho para que se case con alguien del mismo sexo o, simplemente, asista al enlace entre dos gays o lesbianas. Se olvidan también que España es un país aconfesional (que no laico) en el que el Estado no se identifica con ninguna religión (aunque ya vemos que en la práctica sea todo lo contrario), que muchos ciudadanos no están bautizados o no practican el catolicismo y que, en el caso de las uniones homosexuales, se trata de un acto civil sobre el que la Iglesia no tiene ninguna jurisdicción. Ciertamente me pone bastante nerviosa la suficiencia y soberbia (supongo que fundada en la convicción de una cierta superioridad moral) con que determinadas personas denigran a otras que defienden que la ley del aborto siga como está, como si estar a favor de que una mujer pueda decidir (en la mayoría de los casos se trata de una decisión tomada en circunstancias de salud, económicas o vitales muy difíciles) qué tipo de vida quiere para ella y su futuro hijo fuera comparable a un acto terrorista (por desgracia para una concejala del PP sí). En pleno siglo XXI hay quien sigue considerándonos simplemente úteros sin capacidad de pensar ni razonar, aunque se da también la terrible circunstancia de que esos mismos políticos que se preocupan tanto por defender a los "no nacidos" se olvidan de ellos y de sus madres una vez se ha cortado el cordón umbilical.

Tal vez lo que más me llame la atención (o directamente me indigne) es que desde que se anunció la existencia de un anteproyecto de Ley del Aborto que parece que va a impedir la interrupción del embarazo en casos de malformaciones graves, ningún miembro del gobierno se ha referido a una ley de acompañamiento en la que se fijen las cuantias que van a cobrar -en calidad de pensión por incapacidad y ley de dependencia- los bebés que nazcan con cardiopatías severas, parálisis cerebral o cualquier otra enfermedad que los incapacite para trabajar y llevar una vida independiente. ¿O es que cuando se refieren a los derechos del no nacido se refieren a que una vez fuera del vientre materno ya puede morirse de hambre, frío o por alguna enfermedad cuyo tratamiento no puedan costear sus padres? ¿Por qué la Conferencia Episcopal nunca habla de esos más de dos millones de niños españoles que están en riesgo de pobreza, de los recortes brutales que han sufrido las familias españolas y del riesgo que supone para la salud de los más pequeños que vacunas como el neumococo hayan pasado a ser de pago (76,34 € la dosis, de la que se administran 4 hasta los 15 meses? Claro, debe ser que esas cuestiones no arrastran votos entre los sectores más conservadores. 

Volviendo al principio, cada día me doy más cuenta de que las ideas absolutas hacen mucho daño, y que el uso de términos como "todos", "nada", "siempre", "nunca" no son más que distorsiones cognitivas, formas de pensamiento irracional que pueden llevar a las personas a la locura y, lo que es más grave, a las sociedades. En la película de Haneke la cinta blanca era utilizada por el severísimo pastor protestante como forma de castigo a sus hijos, que debían lucirla delante de sus vecinos para penar por no sé sabe qué pecado. Yo, que debo estar pasando por un período pesimista, he empezado a pensar que a algunos les gustaría volver a los tiempos de la cinta blanca o la letra escarlata (esa que se le ponía a las mujeres acusadas de adulterio), y obligar a aquellos que no comparten su forma monocolor de ver la vida a portarlas en señal de castigo por haberse atrevido a pensar y hacer preguntas.



Y ahora os dejo con algo de vocabulario a dos lenguas:
  • Totalitarianism / Totalitarismo
  • Follower of an ideology / Seguace di un´ideologia - Seguidor de una ideología
  • Intolerance, Rigorousness / Intransigenza - Intolerancia
  • Punishment / Punizione - Castigo
  • Circumstances / Circostanze - Circunstancias
  • Falseness, Hypocrisy / Ipocrisia - Hipocresía

lunes, 3 de febrero de 2014

ESCLAVOS MODERNOS

Hace un par de meses se estrenó una película que no solo es de las grandes favoritas de cara a los Oscar, sino que parece destinada a marcar época. Se trata de 12 años de esclavitud, basada en la durísima historia real de Solomon Northup, un hombre negro y libre de Nueva York que fue vendido como esclavo en el sur de Estados Unidos a mediados del siglo XIX, cuando las grandes plantaciones se nutrían de la mano de obra gratuita de miles de hombres, mujeres y niños cuyo único "pecado" había sido nacer negros. Reconozco que no he podido verla porque con este tipo de películas tan duras y realistas sufro muchísimo y luego me paso días dándole vueltas a lo mezquino que es el ser humano, lo que pone en serias dudas mi creencia (aún la conservo, no sé si por ingenuidad o necesidad) de que los hombres son fundamentalmente buenos. Me ha pasado anteriormente con títulos como El Crimen de Cuenca, Acusados o Mystic River. Pero a pesar de no haber disfrutado (o sufrido) con las inmensas interpretaciones de Chiwetel Ejiofor o Michael Fassbender, si que llevo tiempo dándole vueltas al tema de la esclavitud y a las distintas formas que ha adquirido en pleno siglo XXI.

Cualquier que sepa un poco de historia conocerá que desde la antigüedad todos los grandes imperios han recurrido a los esclavos, desde los Egipcios a los Romanos pasando por los conquistadores españoles que llegaron a América, y que hasta finales del siglo XIX no quedó prácticamente abolida en casi todos los rincones del planeta. A eso podríamos añadir que lo que convirtió a Jesucristo en un subversivo de cara a las autoridades romanas fue su mensaje de que todos los hombres eran iguales. Y es que, pensándolo bien, a los cesares les debió de entrar urticaria cuando se enteraron de que un judío nacido en Palestina estaba poniendo en peligro las bases de su sociedad, en la que la esclavitud era una pata fundamental. Lo mismo debieron de pensar los grandes terratenientes del sur de Estados Unidos cuando el movimiento abolicionista (y después Abraham Lincoln) se empeñó en que esos negros que trabajaban de sol a sol sus campos de algodón -y que no eran más que propiedades de las que podían disponer a su antojo- tenían que convertirse en personas libres. 

Visto a día de hoy, la mayoría de la gente seguro que piensa que todos esos negreros que comerciaban con seres humanos son unos personajes despreciables que se merecerían unos latigazos como los que ellos mismos propinaban a su mercancía. Pero siendo justos con nosotros mismos, tampoco somos tan diferentes a nuestros antepasados. Igual que en la Edad Media la Iglesia de Roma contribuyó a la creencia de que las mujeres eran seres sin alma e inferiores al varón (algo que por desgracia siguen pensando en muchas partes del mundo en 2014), o durante la colonización de América los españoles pensaban que los indios eran salvajes, para las sociedades en las que existía la esclavitud era algo de lo más normal que un ser inferior -por su origen o color- no tuviera los mismos derechos que el resto de los ciudadanos blancos. Lo triste viene de descubrir que en la actualidad, en sociedades que presumimos de ser tan avanzadas en mentalidad o derechos, se toleran algunas formas de esclavitud y a la mayoría de la gente el tema le importa un bledo. ¿Por qué acaso no podríamos trasladar la historia de Solomon Northup a nuestros días sin muchas dificultades? No tendríamos más que cambiar a este hombre negro libre al que engañaron con una falsa oferta de trabajo como músico por alguna joven procedente de Brasil, Nigeria o Europa del Este a la que "camelan" con la promesa de un empleo en España o algún otro pais europeo. La triste realidad es que una vez aquí les roban el pasaporte, las encierran en algún piso con otras chicas y las amenazan de muerte para que se prostituyan y hagan millonario a algún mafioso sin escrúpulos. Si a Northup le obligaba su propietario a trabajar de sol a sol en su plantación, a estas pobres infelices las colocarán bajo estricta vigilancia y poca ropa en alguna rotonda de la Junquera, del Polígono Marconi o de la Casa Campo. Y si los estados del sur fueron a la Guerra de Secesión para seguir defendiendo su "derecho" a tener esclavos porque no les consideraban personas, hoy día en nuestro país (que puede presumir de ser el tercer destino mundial en el mercado de la trata de blancas) miles de ciudadano reivindican su derecho a hacer uso de alguna extranjera por cuatro perras, total para ellos no son más que un trozo de carne indocumentado.

Por desgracia no es la única forma de esclavitud que se pasea delante de nuestras narices ante la indiferencia general. Cada vez es más habitual encontrarse con ofertas de trabajo (por llamarlas de alguna forma) en las que exigen licenciaturas, masters, idiomas y casi hasta que el candidato sepa hacer el pino con las orejas...a cambio de nada. Pero claro, esto a los gobernantes no les preocupa porque ellos viven más pendientes de que la Comisión Europea, el FMI o la OCDE les den palmaditas en la espalda por "lo bien que lo están haciendo". Y si aquí la cosa está complicada, para qué vamos a hablar de las fábricas de la India, Bangladesh o China en las que los trabajadores se pasan media vida cosiendo en condiciones infrahumanas esas prendas que luego van a lucir tan bonitas (y económicas) en los escaparates de las grandes cadenas de moda. ¡Todo sea por la felicidad de los que matarían por una falsificación de un bolso de Louis Vuitton o de Prada!

La cuestión es que por mucha Amnistía Internacional, Human Rights Watch o Carta de los Derechos Humanos, lo que parece claro es que en demasiadas ocasiones "el hombre es un lobo para el hombre" y no deja escapar la oportunidad de hincarle el diente al de al lado, especialmente si está en una situación de debilidad. Y si el protagonista del filme arriba mencionado pasaba 12 años como esclavo, la pena es que hoy día, cuando la esclavitud debería ser un mal recuerdo del pasado, millones de personas pasarán toda su existencia atadas a cadenas invisibles pero casi imposibles de romper.

Y ahora os dejo con algo de vocabulario a dos lenguas:
  • Slavery / Schiavitú- Esclavitud
  • Trafficking in human beings / Tratta di essere umani - Trata de blancas
  • Human Rights / Diritti umani - Derechos humanos
  • Inhuman working conditions / Condizioni inumane di lavoro - Condiciones de trabajo inhumanas
  • Gender discrimination / Discriminazione di genere - Discriminación de género