viernes, 17 de enero de 2014

RECUERDOS DE INFANCIA

Llevaba días pensando el siguiente tema sobre el que me gustaría escribir -intentando decantarme entre la reforma de la ley del aborto que se ha sacado Gallardón de la manga para contentar a no sé sabe quién, los delirios del ministro Wert o los presuntos brotes verdes en la economía española-, cuando me sucedió algo trabajando que me retrotrajo inmediatamente a mi infancia y a una de las figuras que más la marcaron: mi abuela. 

Dicen los psicólogos que las vivencias que se tienen en los primeros años de vida marcan lo que uno será en el futuro, y yo tengo que reconocer que en ese aspecto he tenido mucha suerte porque pude disfrutar durante 5 años de la compañía de una gran señora que no tenía problemas en salir al mercado con una nietecilla que se ponía una toalla en la cabeza para simular que tenía el pelo largo o que se empeñaba en fregar los platos subida a una silla. Aunque en algún momento pude echar de menos la compañía de alguien de mi edad, lo cierto es que fui muy feliz al lado de una yaya que me preparaba grandes biberones de leche y me animaba a salir a la terraza a media tarde para ver llegar a mi madre del trabajo y ponerme a gritar de alegría "¡Que viene la Mari!". No voy a decir que las guarderías no tengan aspectos positivos, ya que en ellas los críos realizan actividades que fomentan su creatividad y se relacionan con otros semejantes, pero también es cierto que tener la posibilidad de pasar los primeros años al lado de una abuela (o abuelos) que te cuida, te da achuchones y te consiente de vez en cuando tampoco está nada mal, y no implica necesariamente que te conviertas en un crío apocado o con dificultades para socializar. En mi caso recuerdo que el primer día de cole ya entablé una amistad que se prolongó durante más de una década y salí emocionada de clase para contarle a mis padres y a mi yaya lo buena que era la profesora.

Supongo que el hecho de que falleciera cuando yo era pequeña y acababa de nacer mi hermana mitigó el dolor de su ausencia, aunque puedo asegurar que la he tenido presente a lo largo de toda mi vida. Hace años que no me considero una persona practicante y que el asunto del cielo y el infierno está fuera de mis preocupaciones, pero en el caso de mi yaya estoy convencida de que se marchó a una especie de paraíso desde el que observa todos mis pasos desde hace años. Quiero creer que es una fuerza protectora que siempre me ha hecho levantarme cuando no tenía ganas, una especie de inspiración y que se siente orgullosa de los pequeños logros que ha podido conseguir aquella nietecilla habladora y a la que todas las vecinas llamaban Heidi por su pelo oscuro y los mofletes sonrosados. Lo cierto es que me hubiera gustado mucho que no se marchara tan pronto y pudiera haber disfrutado de su otra nieta, en este caso rubia y un poco más traviesa que la mayor.

Pensándolo bien, tal vez en los últimos meses la tengo más presente que nunca porque estoy viviendo una suerte de remake de mi infancia, aunque en este caso mi madre interpreta el papel de abuela y yo el de madre. Cualquiera que se haya convertido en padre estará de acuerdo en que es una experiencia que cambia la vida y hace que las cosas tomen otra perspectiva. Y, aunque se supone que uno ya solo tiene ojos para su pequeño/a, a mí me ha hecho redescubrir a mis padres, con los que siempre he tenido una relación estupenda. Creo que ahora los quiero más porque ya no son solo las personas que posiblemente más se hayan preocupado y sacrificado por mí, sino que desde hace 14 meses son una fuente de amor incondicional para mi niña, y eso no tiene precio. Muchas veces observo a mi madre dando achuchones a la pequeña y provocándole carcajadas y recuerdo que mi yaya hacía lo mismo conmigo y yo la miraba con la misma cara de ternura y alegría que pone Ariadna cuando llega a casa de sus abuelitos. También he empezado a entender el infinito agradecimiento que mi madre siempre ha mostrado hacia la suya por haber cuidado de mí mientras ellos trabajaban, una circunstancia que hoy día se repite en miles de hogares españoles. Si dijera que cuando la he tenido que dejar muchas horas no la he echado de menos mentiría, pero es cierto que siempre me he marchado tranquila sabiendo que mejor cuidada no podría estar.

Muchas veces he oído decir que las personas solo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos, y no voy a negar que me ha pasado en algunas ocasiones cuando era un poco más joven e inconsciente, pero en estos momentos de mi vida tengo bastante claro por qué aspectos o personas tengo que sentirme agradecida, e intento actuar en consecuencia. Y, aunque en ocasiones nos obsesionamos con que el cariño se tiene que demostrar con regalos caros con los que ir  fardando por ahí, creo que lo que mayor bienestar o felicidad proporciona es la certeza de que a uno le quieren por lo que es, con sus virtudes, defectos y pequeñas miserias, y que cuando llueva habrá un paraguas con el que cubrirse hasta que pase la tormenta. En el caso de mi añorada yaya, sinceramente no recuerdo si me colmó o no de regalos (sí que aún conservo una muñeca del tamaño de un bebé), pero lo que no se me olvidará nunca es que me colmó de amor y contribuyó a que fuera una niña feliz y una madre agradecida.
¡Gracias Yaya!

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