Si alguien me llega a decir hace un mes que pasaría el Día del Padre encerrada en casa por culpa de un virus que ha cerrado primero colegios y después fronteras, y que está colapsando esa sanidad pública de la que la mayoría de españoles hemos presumido siempre (aunque ahora se ve mejor que nunca el daño que los tijeretazos de los últimos años han hecho), le habría contestado a mi interlocutor: "Tú te has dado un atracón a películas post-apocalípticas tipo "28 días después" o "Soy leyenda" y aún están haciendo la digestión". Y creo que no soy la única que habría pensado lo mismo.
Lo cierto es que siempre he estado convencida de que hasta de lo peor puedes aprender algo, como ayer hablaba con mi sabia amiga Leti, aunque es cierto que a día de hoy lo digo consciente de estar afrontando esta pandemia/catástrofe... desde
una posición de cierta comodidad: me han mandado a casa a teletrabajar, mi familia y amigos cercanos están bien, no tengo problemas para encender la calefacción o la tele, ni tendré que pedirle a mi banco que me aplace el pago de la hipoteca a fin de mes, también tengo los suficientes conocimientos para ejercer de profe de mi hija de 7 años... en definitiva, si alguna vez me he quejado últimamente por mis pequeños problemas cotidianos, o el lunes 9 estaba plof por haber tenido que cancelar un viaje familiar, desde luego que ahora veo que tengo mucho que agradecer a la vida.
No voy a decir que yo no tenga cierto mérito y que no me haya esforzado para tener un trabajo con buenas condiciones laborales, o que no haya intentado tratar bien a la gente que me rodea para que me quiera tener en su vida, pero no soy tan ingenua como para no entender que, la mayoría de las veces, la vida no te pregunta si te viene bien o no en ese momento quedarte en paro, o contagiarte con coronavirus, o perder a un ser querido y no poder despedirte de él. Tampoco creo que el destino (o en lo que cada uno crea) tenga muy presente si te "mereces" o no que te detecten un cáncer con 35 años y dos críos pequeños, o que una catástrofe sanitaria te deje en la calle y al borde de un desahucio. No soy tan tonta como para pensar que la vida se rige por términos absolutos de justicia, pero sí considero que personalmente tengo que darle las gracias -al menos por el momento- por haber hecho que situaciones que empezaron mal para mí tuvieran un final positivo.
Volviendo a la actualidad, no llevo muy mal la cuarentena. Obviamente me encantaría poder moverme libremente y ver a los míos, pero como tengo un precedente en mi vida de confinamiento obligado, me he puesto a pensar en los últimos días en todo lo que aprendí de aquello, y creo que lo puedo aplicar perfectamente a este momento.
Volviendo a la actualidad, no llevo muy mal la cuarentena. Obviamente me encantaría poder moverme libremente y ver a los míos, pero como tengo un precedente en mi vida de confinamiento obligado, me he puesto a pensar en los últimos días en todo lo que aprendí de aquello, y creo que lo puedo aplicar perfectamente a este momento.
| Decoración del Hospital Niño Jesús de Madrid |
En definitiva, nadie quiere atravesar por dificultades o malos momentos, pero como la mayor parte de las veces llegan sin avisar (como lo estamos comprobando estos días), entiendo que es una tarea personal cómo cada uno los afronta. Mi amiga Leti me decía el otro día que está convencida de que esta cuarentena servirá para que mucha gente reflexione sobre su vida, en qué está poniendo el acento y de qué se está olvidando, y también servirá para ver que si maltratamos al planeta, éste nos devuelve la afrenta por triplicado. Yo no sé si soy tan optimista, si realmente en cuanto podamos salir a la calle se nos olvidarán los días de encierro, los aplausos a los sanitarios y a la sanidad pública, el sentimiento de responsabilidad y solidaridad...
Como no puedo controlar qué hacen los demás, me centraré en seguir el consejo de Viktor Frankl: "Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos".