Hace un par de meses se estrenó la comedia Una cuestión de tiempo, en la que el protagonista tenía la facultad de revivir cualquier instante de su vida para intentar mejorarlo. Reconozco que me encantaría tener la posibilidad de poder regresar a determinados momentos de mi vida y enmendar algún que otro error, o poner en su sitio a determinados elementos a los que permití que me hicieran dudar de mí misma. Además, también tengo que reconocer que me cuesta creer cuando la gente dice que no se arrepiente de nada y repetiría de nuevo su existencia sin cambiar ni una coma. A lo mejor es que yo soy una inconformista o estoy convencida de que todo puede mejorarse, pero yo algunas cosillas sí que variaría.
Lo cierto es que como viajar en el tiempo sigue siendo imposible, la única solución que se me ocurre para superar los malos momentos y alcanzar un cierto bienestar sin estar todo el día dándole vueltas a lo negativo y regodearse en los presuntos errores y fracasos, es aprender a aceptar y adaptarse. Parece fácil, pero lo cierto es que aceptar que hay momentos en que no queda más remedio que rebajar las expectativas vitales porque las circunstancias no acompañan no es tarea sencilla, entre otras cosas porque desde pequeños nos meten en la cabeza que la valía de cada uno va indisolublemente unida a la posición social y laboral y al dinero que se gane, y nadie nos enseña a afrontar el fracaso o la frustración. Precisamente el otro día me llamaba la atención un artículo sobre la pedagogía del fracaso y cómo la gestión del error se ha convertido en asignatura en varias universidades nacionales e internacionales, entre ellas Harvard. La crisis está haciendo que esa palabra tan denostada como fracaso se vea cada vez más como un valor en el currículo, ya que empieza a calar la idea de que solo fracasa quien primero ha tenido el coraje de intentarlo.
Reflexionando seriamente sobre el asunto, la verdad es que solo se pierde el que se ha puesto primero en camino o solo se divorcia quien tuvo el valor de apostar por la vida en pareja, por poner algún ejemplo, pero cuando uno ha invertido mucho de sí mismo en un proyecto vital y éste se derrumba el primer pensamiento del 90% de la gente es "soy una mierda y no valgo para nada". Muchos se quedarán anclados en eso y enmascararán el dolor debajo de mucha rabia y unos pocos entenderán que los seres humanos estamos programados para superar crisis y aprovecharán el supuesto paso atrás para coger impulso. Por desgracia estos últimos son ejemplares contados, gente que por su especial forma de ser entiende que para superar un obstáculo lo fundamental es creer en uno mismo. Personas como el recién fallecido Mandela, que venció a 28 años de trabajos forzados en prisión porque interiorizó que él era el único dueño de su destino.
Personalmente me encantaría decir que me parezco al líder sudafricano, pero he pasado por muchos momentos de dudas y he caído en la perniciosa tentación de culparme de todos los males del mundo, hasta que un día me planteé si quería pasarme el resto de mi vida enfadada con media humanidad o dedicar mis energías a algo constructivo. Ahora estoy enfrascada en algo tan complicado para mí -perfeccionista, de las que no se permiten ni un error y con un rígido sentido de la justicia- como aprender a ver las cosas desde otro punto de vista, buscando explicaciones alternativas a situaciones con las que no siempre estoy de acuerdo y asumiendo que hay momentos en los que uno no recibe lo que cree merecer porque la vida no siempre es justa. No voy a engañar a nadie diciendo que hacer el esfuerzo de ponerse en la piel de alguien que te ha puteado o te ha hecho sentir un imbécil sea fácil, porque no lo es, ni que no duela tener que plantearse que tal vez alguna de esas cosas por las que llevas años luchando no esté hecha para ti, porque es muy doloroso, pero sí diré que cada día estoy más convencida de que aceptar no es sinónimo de resignarse, sino de aprender a convivir con aquello que no podemos cambiar mientras nos centramos en lo que sí está en nuestra mano. Igual que los médicos recomiendan mantener el cuerpo flexible para evitar lesiones, también deberían enseñar que flexibilizar ideas ayuda a conservar la mente más sana y a interiorizar que la mayor parte de las veces las cosas no son ni blancas ni negras, sino que tienen un montón de matices.
En definitiva, aunque no seamos el protagonista del filme arriba mencionado y, por tanto, no tengamos la capacidad de cambiar el pasado, está manos de cada uno centrarse en su presente y decidir cómo quiere afrontar los malos momentos, si desde el derrotismo y la autocompasión o desde el entendimiento de que lo que hace especial a un ser humano está dentro de él mismo y, por suerte, es independiente de lo que la sociedad entiende por éxito o fracaso. Algo que siempre tuvo muy claro Mandela, que fue capaz de derrotar al apartheid desde la cárcel porque no olvidó quién era y por qué luchaba.
Ahora os dejo con algo de vocabulario a dos lenguas:
- Failure / Fallimento - Fracaso
- “Success is not final, failure is not fatal: it is the courage to continue that counts.” Winston Churchill. "El éxito no es el final y el fracaso no es fatal: es el coraje de continuar lo que cuenta".
- “Don't spend time beating on a wall, hoping to transform it into a door. ” Coco Chanel. "No pierdas el tiempo golpeando un muro, espera que se transforme en una puerta".
- Success / Successo - Éxito
- "Il succeso è l'abilità di passare da un fallimento all'altro senza perdere l'entusiasmo". Churchill. "El fracaso es la habilidad de pasar de un fracaso a otro sin perder el entusiasmo".
- “I have not failed. I've just found 10,000 ways that won't work." Thomas A. Edison - "No he fracasado. Solo he encontrado 10.000 caminos que no funcionaron".
